Con Las Alas de México, el arte de Jorge Marín ha volado a través del mundo. Este año han hecho gira por Oriente: Singapur, Shanghái, Guangzhou, Hong Kong… En una pausa de esta itinerancia, el escultor charla con nosotros en su estudio de la colonia Roma.
Artista de la globalización, Jorge Marín (Uruapan, 1963) se comunica desde su obra con cualquier individuo del planeta. “Creo que la globalización nos ha dejado ver que somos similares, podemos entender un poco de todo y eso nos hace tener más empatía. Estoy en pro de buscar similitudes, más que diferencias”.
Piensa su obra como un mosaico de culturas y sociedades. No hay influencias definitivas; son incluso contradictorias: en sus personajes alados, reflexivos, tan idealistas como trágicos, conviven lo mismo el barroco, que el surrealismo o el neoclásico. “Si lo ve un indio es Garuda, el dios con máscara de pájaro y alas. Un indígena del siglo XIII vería a Ehécatl y un veneciano del siglo XVIII ve al carnaval”.
¿Qué ocurre, desde un punto de vista estético, cuando una persona en Reforma o en Shanghái se pone delante de Las Alas y se toma una foto?
Está sacando su vena creativa porque ahí tiene los ingredientes: las alas, su cuerpo y su persona; a ti te toca construir la historia. Sacamos esa parte creativa al momento de construir nuestra propia escultura: una escultura interactiva te motiva a convertirte en símbolo, en un instante para la foto o para la posteridad.
¿Hay alguna diferencia en cómo se relacionan Las Alas con personas de otras partes del mundo?
Somos uno y el mismo y vas rompiendo paradigmas. Recuerdo Berlín: tenía el concepto de una sociedad civilizada, esquemática… y cuando pusimos las alas fue una barbaridad, se trepaban como changos a tomarse la foto; mientras que en lugares como el Paseo de la Reforma me daba miedo el vandalismo y no ha habido ninguno. Me han superado los paradigmas de cada cultura, te puedes llevar sorpresas en todo momento, la realidad supera el prejuicio que puedas tener.
Es posible que en muchos países lejanos el único referente de México sean el tequila y Las Alas de Jorge Marín, ¿cómo asume esa circunstancia?
Represento alguna particularidad de mi país y como tal me siento seguro, porque he hecho un trabajo honesto; no quisiera tomar el compromiso completo porque no lo abarco, no soy una fotografía completa de México, hay otros estandartes en arte que también están dando una imagen respetable, un gran equipo que colaboramos para hacer una buena imagen de nuestro país, con ganas de interrelacionarse con otras sociedades.
¿Porqué el interés de hacer proyectos como El Vigilante de Ecatepec, o Las Alas de Reforma, que tienen relación directa con la gente?
Mi andar profesional me llevó a la vía pública y ha sido de los mejores retos de mi vida. El público afuera es diverso y me doy cuenta que mi trabajo es más plural de lo que creí. Creo que la clave para este buen contacto son elementos muy humanos de mi obra. Elementos claves como el figurativismo, pero también algo que nadie ha podido definir, como alma o espíritu, o como dicen los chinos, el chi, un ingrediente que permite conectarme con personas con formación distinta, porque al final siempre voy al fondo del asunto: qué hay de parecido con los demás. Siempre he dicho que el arte es la mejor tarjeta de presentación, trata de acercarte a otros aparentemente distintos a nosotros.
Ahora viene un tiempo de oposición entre nacionalismos exacerbados contra un empeño de abrir fronteras, ¿cómo trabaja el arte ante este paradigma?
Es momento de recalcar más las similitudes que las diferencias, no tenemos por qué atrincherarnos en nuestra particularidad, como pretenden hacer otras naciones para sentirse identificados y protegidos. La peor idea es recalcar nuestras diferencias con respecto a lo otro, hoy lo que haces aquí impacta en el resto del mundo, han pasado esos tiempos del folclor nacional donde el mundo se componía de pequeñas tribus aisladas, tendríamos que estar todos los seres humanos planeando una gran nación.
¿Influye el espacio para que usted decida crear una obra?
El Vigilante es para verlo de prisa y a cierta distancia, eso le da una particularidad. No es lo mismo una obra que esté en un parque y poder rodearla; en Ecatepec tenía que hacer una figura de impacto y creo que sí hay una silueta inconfundible, la ves un segundo y sabes que estás viendo un símbolo diseñado para Ecatepec.
Debe ser interesante que una de tus creaciones se vuelvan emblemas de la gente…
Descubrí piñatas en forma del Vigilante; no lo podía creer, la piñata es un símbolo mexicano tan entrañable, que me encanta pensar que a alguien se le ocurrió tener esa figura y la hace tan suya que la piensa para su fiesta. No puede haber mayor apropiación de una obra de arte pública.
Es una satisfacción enorme pensar que puedo ayudar a fomentar esta identidad con tu barrio, con tu ciudad. En los espacios marginales tienes que trabajar mucho para darles identidad, es necesarísimo que las personas que habitan los diferentes núcleos urbanos se identifiquen con algún elemento. Eso va a revalorar tu espacio, cuando algo te llama la atención y lo empiezas hacer tuyo quiere decir que vas a tener otro concepto de tu barrio, que tiene un patrimonio valioso, y al final mi zona y mi colonia soy yo, es decir, yo empiezo a tener patrimonio, a tener valor como ciudadano.
¿En qué momento decidió que el bronce debía ser su material distintivo?
Fue una búsqueda para solucionar problemas técnicos que tenía con mi obra, empecé con cerámica, eran figuras estáticas, monolíticas, nació la necesidad de transformar a la figura, de ponerla a flotar, tuve que buscar un material más adecuado y el bronce fue perfecto. Yo lo siento parte de la genética humana, está ahí y estará hasta que el hombre esté sobre la Tierra.
¿Cómo fueron apareciendo la máscara y las alas?
Todo apareció desde el primer día y es porque la psique es un caldo tremendo de demonios y de ahí van saliendo todo el tiempo. El arte es para mí un exorcismo de donde salen mis demonios, mis fantasías o ideales, seguramente serán el retrato de mis muy particulares demonios o ángeles, pero la idea es que cada quien encuentre los suyos a través del efecto-espejo. Yo trabajo porque es necesario hacerlo como terapia, pero saber que cada quien lo puede usar para su propio beneficio me satisface cuando lo comparto.
¿Qué retroalimentación hay con quienes miran su obra?
Hay gente que ha visto unos demonios tremendos y se van en shock, otras se van con una sensación de armonía, estética o belleza, hay de todo y es importante respetar la experiencia plástica de cada uno. Nunca he creído que hay que tener un instructivo para comunicarte con una obra, tienes que tejer tu propio puente para poderla disfrutar o sufrir, pero es muy propio, nadie te puede decir cómo hacerlo.
Me gusta que quede una sensación de inquietud; si te vas con desazón yo me quedo tranquilo, porque mi obra no es para amansar las aguas ni los ánimos; es para revolverlos. De toda esta revoluta aprenderás algo de ti. Lo que realmente me encanta es que me pregunten, quiere decir que realmente se sienten inquietos, eso está padrísimo.







