RESPIRando: ¿Eres visceral? Paty estuvo a punto de provocar un accidente

La adrenalina de la vida

Patricia aprendió a conducir a los 15 años. Cuenta emocionada que su papá siempre la impulsó a ser aventurera, intrépida, arriesgada; a disfrutar la adrenalina de la vida.

“Nunca quise una fiesta de 15. Mi papá me regaló un coche y como vivíamos en provincia, pues era fácil tramitar un permiso de conducir hasta que cumpliera mis 18”. 

En dos horas de práctica, sobre un camino de terracería y junto a su padre, aprendió a manejar. 

Las primeras semanas lo hacía entre calles pequeñas y a los dos meses se animó a conducir sobre las avenidas de un municipio de Guerrero, hasta que el camino la llevó a las carreteras que llevan de un poblado a otro.  

“Me animé a ir de un pueblo a otro. Son trayectos de 10, 20 minutos. Había días que me agarraba el atardecer en la carretera o hasta lluvia. El olor a tierra mojada, la vegetación a tu alrededor y con música… ¡Una delicia! Lo llamo mi estado perfecto”.

Sin embargo, dice avergonzada, “el volante no se puede combinar cuando eres una persona explosiva, visceral, berrinchuda, vaya, cuando eres inmadura”.

Escorpión, visceral por nacimiento

Paty cuenta que, como “buen” escorpión, siempre ha sido visceral. 

“Me hacía rabiar que las cosas no me salieran como yo quería. Si no sacaba primer lugar en la escuela, me enojaba y me salía corriendo de la entrega de reconocimientos”. 

Según el zodiaco, las personas que nacen bajo este signo les encanta manejar todo tipo de situaciones y tener el control. Son sensibles y vulnerables con las opiniones negativas de los demás, así como emocionales y viscerales.

“Una vez tenía prisa y se me ponchó una llanta. En lugar de solucionarlo me puse a llorar y empecé a patear el coche como loca. (…) Mi mamá solo se quedó callada viendo mi berrinche. (…) Era irracional”.

Ira y volante, mala combinación 

Ya sonriendo, aunque con gesto de desaprobación, Paty recuerda la forma en que desahogaba su ira.

“Siempre que me enojaba agarraba el coche y me iba echa ‘la mocha’. Manejaba como histérica, rebasaba, aceleraba. Mi mamá siempre se quedaba con pendiente”. 

Años después, por cuestiones de trabajo, Paty emigró a la Ciudad de México. Afirma que no le fue difícil manejar en medio del tráfico, el acelere y el estrés, sin embargo, estos elementos incrementaron sus reacciones viscerales.

“No soportaba que alguien se me metiera.(…) Cambiaba bruscamente de carril, lo alcanzaba y lo empezaba a insultar. Incluso si era hombre me ponía al tú por tú”.

Dicen que de los errores se aprende y Paty, aunque no pudo controlar sus reacciones viscerales, tuvo que aprender el sentido de la responsabilidad al volante.

“Un día iba tarde al trabajo. Mi mamá iba conmigo. Me quería incorporar a los carriles centrales de una avenida y me le metí a un tráiler. No sé si no me vio o simplemente no le importó, pero se fue contra mi coche. Nos arrastró varios metros. (…) Nunca olvidaré los gritos de mi mamá, provocados por mi imprudencia”.

Ninguna resultó herida. El costado derecho del auto de Paty tuvo severos daños y aunque lo persiguió corriendo para enfrentarlo, el trailero huyó.

Ira, un fenómeno básico y universal

Según los expertos, la ira es una emoción que se sale de control y hace que una persona reaccione sin pensar. Grita, insulta, amenaza y hasta puede volverse violenta.

Asimismo, aseguran que es básica, debido a que está la servicio de nuestra supervivencia, y es universal, pues cualquiera la experimenta. 

Sin embargo, hay quienes se enojan más fácilmente y con más intensidad. Pero ¿qué lo detona?

  • Factores internos, como recuerdos traumáticos, malos pensamientos, celos enfermizos o todo aquello que impide pensar con claridad.
  • Algo que molesta o irrita, como una mala conducta, una injusticia, la humillación, un insulto o un gesto grosero.
  • Cuando una personas siente amenazada su autoridad o su reputación.
  • El estrés.
  • Por supuesto que los factores que la generan varían dependiendo la edad, sexo, cultura, religión o educación de la persona.
Controla la ira, respirando

Una cuñada de Paty le recomendó practicar yoga para controlar sus impulsos. Fue entonces que aprendió que la situaciones externas no tienen por qué controlar sus emociones. 

“En las clases de yoga te enseñan a silenciar la mente. A observar tus pensamientos y no juzgarlos. A dejarlos que fluyan, para darle paso al silencio y poderte contemplar en tranquilidad, en paz”.

Afirma que ha aprendido a controlar su ira, no a reprimirla, pero sí a manejarla desde la calma, respirando.

“Me sigue molestando que se atraviese un coche de manera imprudente, pero dejo que fluya el coraje. Es más, ahora respondo con un beso o ya ni si quiera me engancho en una discusión. Respiro profundo, centro mi atención en ello y me contemplo desde la calma”. 

De la ira a un paro cardíaco

Los expertos afirman que reprimir la ira hace mal a la salud psicofísica, pues genera cuadros de depresión, así como daños y dolores físicos de índoles psicosomáticos como úlceras, dolores de cabeza y migraña.

Indican también que la ira puede ser mortal, pues el continuo malestar emocional produce problemas cardíacos como arritmias, que pueden llegar a los preinfartos o a un paro cardíaco.

Está comprobado científicamente que el yoga ayuda a equilibrar la mente, cuerpo y espíritu. Eso nos ayuda a reducir la tensión, a liberarnos de bloqueos y de energía negativa. 

“Gracias a mis prácticas de yoga tengo una mejor convivencia conmigo y con mi entorno”, agregó Paty.

La maestra de yoga, Martha, ofrece en este video una sencilla rutina para controlar la ira.

 


Namasté.

 

 

 

 

Redacción / Video: YouTube/maestradeyoga

 

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